Lost in Translation

Hacía mucho tiempo que quería hacer una entrada sobre esto: las traducciones literarias.

No son pocas las veces en las que estoy leyendo un libro, me está gustando y lo recomiendo a familiares y amigos — o cualquiera que pregunte, la verdad —, y de pronto me acuerdo “¡Ah! Aún no está la traducción” (y a veces no estará nunca). Y tampoco es la primera vez que me preguntan “Si el libro está traducido, ¿por qué lees el original?” Durante los años que duró la carrera, la excusa era que así mejoraba mi inglés, y nadie lo cuestionaba, pero desde hace unos meses me asaltó a mí la duda, ya que llegó un momento en el que de todos los libros que leía ninguno era en mi lengua materna. Como futura traductora profesional, no solo estaba mal que no aportara mi granito de arena a la profesión, sino que estaba perdiendo mi soltura con el español. Visto el percal, aparté el resto de libros y cogí uno que, supuse, sería sencillito para sacarme de esta pequeña crisis, y entonces comprendí por qué me costaba tanto leer libros traducidos.

Muchos traductores olvidan que lo que están haciendo es una traducción literaria y no literal, y es entonces cuando un buen libro se convierte en un mal libro, y la gente se pregunta por qué no funciona. Con esto no me refiero a fallos ortográficos o a sinónimos que habrían funcionado mejor. No. Está claro que toda traducción es mejorable, y es ridículo pensar lo contrario, ya que nadie es perfecto. Además, está el tema de las correcciones y ediciones, cuestión importante que las editoriales parecen tomarse a la ligera (hablo en general, por supuesto, no señalo a nadie). Pero eso es harina de otro costal. Lo que hace que un libro no funcione una vez traducido es la ineficacia del traductor con la propia lengua, los problemas para transformar una estructura de la lengua original a la propia, y al mismo tiempo conservar el estilo del autor. Todo esto hace que la lectura resulte mecánica y muchas veces no tenga sentido.

Es difícil concentrarse en un libro cuando tienes constantemente que preguntarte por qué esa frase suena tan rara en español. Y es que, traducir no es simplemente juntar palabras hasta que forman un texto, traducir es darles sentido para que el lector no sienta que algo está fuera de lugar. Cuando se lee una traducción, el objetivo a alcanzar es que esta realmente parezca una obra escrita originalmente en la lengua traducida. Sin embargo, y por desgracia, hay muchos libros que son más una traducción técnica que una literaria y creativa (ya sea problema del traductor o de las pautas que da una editorial). Y es que, por mucho que digan que no hace falta tener formación académica para ser traductor, no todo el mundo puede serlo, y hay que asumirlo ya. Lo más importante no es tener un manejo absoluto del idioma original del texto, lo más importante es manejar con maestría la lengua a la que vas a traducir. Por supuesto, esto no quiere decir que todas las traducciones son pésima, ni mucho menos. Hay muchísimas traducciones que son una obra de arte (por poner algún ejemplo, la saga de Canción de Hielo y Fuego (traducida por Cristina Macía): mantiene el estilo del autor y no pierde el sentido en el proceso.)

En resumen, por estas razones, antes de comprar un libro, evalúo la traducción, y si no me convence me voy directa a la versión original (siempre y cuando entienda el idioma). De esta forma, me aseguro de que si un libro no me gusta es por los motivos adecuados y no por una traducción, o trabajo editorial, cuestionable.

¿Vosotros qué pensáis? ¿Estáis de acuerdo o no? ¿Os habéis encontrado con algún libro con estos problemas?

 

Nos vemos pronto,

FIRMA BLOG

 

Anuncios